sábado, 10 de diciembre de 2011

La Esquinita del Naufragio


Instant City - Peter Cook
Leo el periódico y encuentro en Babelia una entrevista al arquitecto Peter Cook, un artista inglés de 85 años que pasó gran parte de su vida diseñando edificios imposibles. Atrapando imágenes, calculando, midiendo, dando forma a sus sueños, esos que solo él podía crear, con diseños y, sobre todo, ideas provocativas y divertidas, que contaban sobre las necesidades de una época. Él y su grupo londinense, Archigram, cuestionaron con su obra lo que en los 60 se llamaba arquitectura moderna. Atraída por sus palabras, me puse a navegar por la web indagando acerca de su historia, mirando los diseños y sus explicaciones; no tienen desperdicio. Os recomiendo su web, es deliciosa. En 2003 Peter Cook construyó un edificio en Austria. Desde entonces ha vuelto al gremio de “los arquitectos que construyen”. A los 79 años.

Me atrajo esta historia del constructor de sueños imposibles. Esa terquedad y esa capacidad de continuar hablando su propio lenguaje. Pero me atrajo sobre todo, su defensa del optimismo:

“Hace falta valor para inventar algo. Ser optimista es una decisión. Resulta demasiado fácil culpar a las circunstancias y creerse incapaz de sobrevivir en un mundo que se desmorona. Cuando las cosas se hunden hay que buscar la esquinita del naufragio desde la que se puede hacer algo positivo. El problema principal del optimismo es que es difícil de justificar mientras que en nuestra sociedad entiende el pesimismo y la negatividad sin necesidad de justificación Para ser arquitecto hay que ser optimista. Es extremadamente difícil ser arquitecto. Precisa mucho entrenamiento y está lleno de frustraciones. Por si fuera poco dependes de un contexto que excede tu capacidad de actuación. Ahora, la recompensa es extraordinaria. Para los que todavía creemos en la arquitectura, la recompensa es un valor”.
La recompensa es un valor. Y ¿qué es la recompensa? Supongo que cada uno tendrá que responder a esta pregunta: el proceso creativo, los caminos del delirio, la gente en los caminos, los diamantes en la penumbra…Y más cosas. Pienso de qué manera nos asustamos (y con razón), nos sentimos vapuleados por la situación que hoy vivimos, lanzados al mar en mitad del naufragio: no hay trabajo, no cobramos, se caen las funciones, bajan los cachés unilateralmente, no tenemos dónde, cuándo, aunque tengamos con qué, salir a contar todo lo que tenemos dentro, todo aquello en lo que hemos trabajado con tanto esfuerzo (de todo tipo), con ilusión, con ganas.

Sin embargo la cosa es más sencilla que toda esa maraña de sensaciones que a veces no nos deja pensar. Claro que, sencilla en un sentido un poco trágico si queréis: no hay muchas opciones en “tierra conocida”. “Esto es lo que hay” parece decir algún cartel invisible que algún loco (o alguien muy lúcido) ha colgado por todas partes. Y bien, sí, nos hunde, nos entristece, hace tambalear nuestro pequeño edificio, el de cada uno y también nuestro enorme oficio.

Y es que probablemente sea uno de esos momentos de saber y repetirse cada día:”Esta soy yo”, la que escribe, la que cuenta, la que inventa, la que sueña. Hay que seguir, cuando seguir es lo que nos permite respirar. Lloramos un rato, nos metemos debajo de la cama a ver si todo esto se pasa. Pero así no va a ocurrir nada. Habrá que hacer acrobacias. Llorar arrimando el hombro es un bonito ejercicio de acrobacia.

Y recordar. Las palabras. Esas que nos han llenado de felicidad tantas veces, porque las encontramos, porque las masticamos, porque las decimos, porque nos dicen y las regalamos envueltas en nuestros particulares envoltorios, el de cada uno de nosotros. ¿Quién las va a envolver así de esa particular manera si nos quedamos paralizadas y paralizados por el miedo?

¿Hay algo que dejará de existir porque ellos han podido matarlo? Seguro que a tod@s se os ocurren montones de lecturas, cuentos, poemas, anécdotas de resistencia. Yo acabo de entender lo actual que resulta la metáfora del cuento de Yacoub, el hombre que no dejaba de contar historias, aunque fuera con los ojos cerrados sobre el banco de una plaza, ya no para cambiar el mundo, como al principio, sino para que el mundo no lo cambie a él.

Y, con todo, creo que el mundo si nos va a cambiar. Pero si seguimos buscando, investigando, creyendo, metiéndonos entre las rendijas de las puertas que se nos cierran, puede ser hermoso descubrir hacia dónde nos lleva este cambio que, espero, nos seguirá reflejando en el espejo como una panda de loc@s enamorados de su oficio. Igual que Peter Cook, igual que Yacoub, igual que nuestros seres queridos, esos narradores de nuestro árbol genealógico: Scherezade, Carmen Martín Gaite, Eraclio Zepeda, Isak Dinesen… completad vosotros la lista. Y como dice mi amiga Carolina Rueda “dejemos el pesimismo para tiempos mejores”.


Marissa

1 comentario:

  1. querida mar si como el mar insistir en la resistencia, y la resisitencia delo imposible que es la alegria , que bonito ver al arquitecto ya mismo lo navegare pero tus palabras me trajeron ilusion
    un beso

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